viernes, 8 de junio de 2012

El trompo y el universo

Hay un hermoso verso de Leopoldo Lugones, donde hablando de las cosas del mundo, el poeta de pronto dice: "Y la Luna servía para mirarla mucho".

Trompo girando

Esta civilización nuestra, tan laboriosa, tan utilitaria, ya sólo valora las cosas si tienen algún uso preciso, una función productiva, y suele mirar con desdén la actitud contemplativa de culturas a las que la naturaleza les gusta simplemente por lo que es, aunque su sentido y su utilidad resulten misteriosos o inaccesibles.
Mientras otras edades se conformaban con mirar la Luna, nuestro tiempo quiere saber para qué sirve, qué utilidad obtendremos de ella, qué prodigiosa bodega de recursos aprovechables será esa esfera ociosa que gira en la noche y apenas nos arroja la luz afantasmada que roba del sol. El verso de Lugones se burla de ese utilitarismo, les concede a las cosas el valor primordial de alimentar nuestro asombro, declara que debería bastarnos su existencia, sin pedir de ellas nada más.
¿Qué mayor utilidad que estimular la imaginación, hacer que nos inclinemos ante ellas llenos de interrogantes?

Ciencia y técnica exigen de las cosas utilidad y funcionalidad; el arte es capaz de adorar los mecanismos por su sola existencia, sin exigirles utilidad alguna.
Hay que rendir homenaje a esas civilizaciones que no descubrieron la rueda para usarla sino para contemplarla, pues nadie va más lejos con la rueda como quien la contempla, y deja que las formas existan en estado puro, instrumentos que no han de ser usados, ni descifrados, pues sólo quieren ser advertidos, permanecer en el silencio cósmico, en un silencio que sobrevive a las lenguas, a los textos y a las memorias.

Trompo girando
Hay un fin más alto en el fondo de todo esto, la búsqueda de algo poderoso y sagrado, confrontar nuestra manera de estar en el mundo: devolverle al mundo físico, al mundo de los espacios y de los objetos, su significación mágica: hasta el trompo elemental de la infancia se transfigura en objeto fantástico, y todas las cosas son formas ceremoniales, dibujos cuya gran pureza los llena de solemnidad.
El juego se ha vuelto serio, el recuerdo se cambia en nostalgia del futuro. Y así, a través del ejercicio inspirado del artista, no es que olvidemos el sentido de los objetos, sino que descubrimos que todo objeto puede ser en sí mismo un sentido, sabemos que hay en los objetos cotidianos algo más que su utilidad, que las formas tienen dignidad en sí mismas, que todos los objetos tienen también un sentido ritual, un sentido místico, pues todos son símbolos y espejos de ese otro objeto desmesurado o infinito, el universo, que tampoco nos ha revelado para qué fue hecho, de qué milagrosa y eterna tarea es el túmulo, como el trompo.

 (Adaptación de un texto perteneciente a William Ospina, poeta, ensayista y novelista colombiano.)

Etapa 1: se cortan los círculos. En este caso, madera de paraíso.
Etapa 1: Círculos
 Etapa 2: Se preparan las varillas. Madera de palo blanco.

Etapa 2: Varillas
 Etapa 3: durante el armado se calibran para que giren serenos.

Etapa 3: Armado y calibrado
Etapa 4: se aplica la terminación. Aceite mineral (no tóxico).

Etapa 4: Terminación
Actualización (mayo de 2014)
Realizando un trabajo de tornería sobre la base de los trompos anteriores se pueden obtener resultados muy lindos.
Anillo de cedro y vástago de palo blanco


2 comentarios:

  1. ME ENCANTA TODO LO QUE HACES MARTIN...DRAKKY ESTA ESPERANDO SU RASCADOR....JAJA. AVISAME CUANDO HAGAS PARA MI NENA. CARIÑOS.

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    1. Gracias Ana. En cualquier momento hago unos rascadores y te aviso así le llevás uno a Drakky. Saludos.

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